lunes, agosto 24, 2009

Ella, la Luna

Miraba distraídamente un punto fijo, absorta en meditaciones incomprensibles incluso para ella, sin sospechar si quiera que el espacio infinito, aquel que la separaba de su punto, era ficticio: se acababa a dos metros, con la pared de ladrillos rojos que aislaba su habitación del patio trasero de la casa.

La sangre se agolpaba en sus venas y arterias, y si hubiera estado atenta a sus reacciones en ese momento, habría notado que su corazón latía de forma desordenada y frenética, completamente fuera de control, haciendo que aquel líquido escarlata recorriera su cuerpo como un torrente furioso y raudo. Las cortinas de la única ventana estaban corridas, dejando que la penetrante mirada de una perfecta luna llena la atravesara, para posar su luminosidad sobre su pálido rostro. Se encontraba arrodillada en una posición rígida a un costado de la cama deshecha, con los brazos colgando a cada lado, inertes.

El reloj del velador indicaba que eran cerca de las dos de la madrugada, hora en que la totalidad de la gran ciudad permanecía en sus lechos, descansando, durmiendo, y más de alguno muerto. El silencio gutural solo era interrumpido por los latidos excitados de sus entrañas. Regresó a la vida con un acentuado suspiro, pestañeando con rapidez y mirando a su alrededor. Nuevamente se quedó abstraída, frente a frente con la luna que la observaba a través de los cristales. El rostro de la chica lucía demacrado y enjuto, con los ojos hinchados y enrojecidos a causa de las lágrimas derramadas hasta esas horas. La luna la miraba radiante, y ella le devolvía una efigie cadavérica y suplicante, en busca de una solución a los dilemas que la acongojaban. Ambas se miraron cada noche, durante años, y aun lo hacen. Aun se encuentran en la permanente inspección de sus respectivos rostros, una buscando respuestas a interrogantes existenciales y materialistas, y la otra, buscando un reflejo de su belleza inigualable. Porque la luna en su mansión de estrellas jamás encontrará una que la asimile en puridad y esplendor, una que no esté condenada a la aflicción y la tristeza. Una que no desee ser otra más que ella misma.

Gabriela Vera