lunes, abril 18, 2011

Rosa Marchita,Amor que No Muere


Dos lágrimas de plata brotaron de sus ojos, en ellos se reflejaba una sombra de soledad que había engullido su alma por completo. Esas gotas de agua salada, como si procedieran del océano, rodaron lentamente por sus mejillas, hasta llegar a su barbilla y posarse suavemente sobre el suelo cubierto de hierba como el rocío al alba.

Las espinas se clavaban en su piel nívea, provocándole una sensación de quemazón, al mismo tiempo que la sangre carmesí resbalaba entre los dedos que sostenían la efímera flor, se desprendían de su piel y goteaban. Plic, plic con un sonido metálico, al compás de su corazón.
Ella seguía sin encontrar la razón a esos latidos faltos de ilusión. Ya no podía amar, lo único que le había importado en esa cruel se había ido de su lado. Sin solo adiós, sin previo aviso. Para siempre.

Sus manos sujetaban una rosa negra, la belleza efímera que se protege y se encierra en sí misma, nunca esperando nada de nadie. Esa descripción encajaba con la portadora de ese pequeño ser vivo que parecía latir en las manos de la joven.


Por todas las palabras que calló, por todo lo que nunca dijo. Vio pasar ante sus ojos todas las oportunidades que dejó que resbalasen de entre sus dedos, antes de poder aferrarlas, y escapasen para no volver jamás. Oportunidades de haber tenido una vida, no feliz, pero al menos mejor. Ocasiones de haber podido disfrutar de su compañía antes de que él se alejase por ese sendero cubierto de cenizas, envuelto en esa niebla que lo devoraba todo, y de la que nunca regresó.

Entre todo ese dolor, recordó una vez más la sensación al verse reflejada en sus ojos celestes, como si los dos fueran uno, el tiempo se detenía unos instantes y una intensa sensación envolvía su corazón; para que luego la cruda realidad separase de nuevo sus caminos y los volviese a unir otra vez, una y otra vez, desalmadamente. Pero ese sentimiento mutuo no cesaba ni se detenía, la distancia no hacía más que acrecentarlo, para que luego sus miradas volvieran a encontrarse una vez más, al mismo tiempo que sus labios. Mientas ambos sentían el sosiego de su alma.

En ese momento cayó al suelo, se derrumbó después de tanto fingir que estaba bien. Su vida se desmoronó como un castillo de cartas.

Porque él la abandonó y cuando las primeras hojas de color cobre comenzaron a desprenderse de los árboles y caer al suelo cubriéndolo con un manto dorado, la rosa del color del manto nocturno, marchita y sin vida, cayó al suelo con un ruido sordo, ella ya se había perdido para siempre y siguió el mismo sendero que él, esperando encontrarle, aunque cupiese la posibilidad de que se precipitase a un callejón sin salida.
Con el anhelo de verle de nuevo, para permanecer juntos eternamente. Ya no importaba nada más mientras pudiera compartir con él su vida o lo que fuese que les esperase más allá de ella...



Víbora