jueves, julio 28, 2011

Los 9 círculos del infierno


Sobrevolando el río Aqueronte, penetraron en el primer círculo del Averno. Lo que allí vio, dejó a Uriel sin hálito; Una descomunal montaña forjada por millones de cuerpos desnudos y entrelazados que se agitaba espasmódicamente. Los sobrecogedores gritos que afloraban de las gargantas de los sentenciados componían una algarada ensordecedora, que se clavaba en el alma como un hierro candente.

- Monte Egoismo... – declaró su particular Virgilio sin aguardar la pregunta. – De cada individuo se requiere que conviva con sus congéneres, aliviando sus penas y desdichas... Aquí terminan “los indiferentes”, aquellos que sólo se ocuparon de sí mismos y de sus intereses... Aquí obtienen cumplido galardón por su pereza, por su indolencia ante el mal, perpetuamente unidos en un amasijo de anhelos mezquinos... Y, aunque estén juntos y apiñados, se palpan pero no se encuentran... La soledad es su eterna compañera... La salida está al otro lado... Mas cuídate pues, si te reconocen como uno de los suyos, estarás perdido... Así que más te valdrá mantenerte alejado...

Pero éste no escuchó. Estaba totalmente absorto por la magnitud de aquel drama. La montaña ejercía sobre él una influencia fatal, equivalente a la del rutilante fanal que atrae a la incauta luciérnaga hacia su funesto final. Seguía hipnotizado por el dantesco espectáculo que sus ojos estaban contemplando. Se acercó lo suficiente como para ver los desencajados rostros de los penitentes, y un escalofrío recorrió su columna vertebral al verse reflejado en los inanes iris de aquellos infelices. De repente, una maraña de brazos brotó del monte y se aferraron a sus alas y a sus piernas con una fuerza sobrehumana. El arcángel trató de resistirse, pero sus pies se hundían más y más entre el gentío, como una ciénaga de aguas movedizas que fue engulléndole poco a poco. Pidió auxilio a Azrael, pero éste no sólo no acudió a socorrerle, sino que además permaneció impasible sin arquear ni una ceja. Cuando su cabeza se hundió en aquella vorágine de caras, tors! os y extremidades, Uriel se supo acabado, y su póstumo pensamiento fue para la mujer a la que amaba... Debía encontrarla... Debía librarla de cualquier daño... No podía fallarle... No podía acabar así...

Y no lo hizo. Pues tan pronto como lo había engullido, el monte lo escupió. El arcángel cayó al suelo de bruces, tembloroso y desconcertado. Azrael le ayudó a incorporarse ofreciéndole la mano, y entonces alegó:
- Te avisé que no te acercaras, pero no me hiciste caso... Siempre has sido un renegado, un misántropo que sólo se preocupaba por sí mismo... La montaña detectó tu egoísmo, y por eso te absorbió... Desconozco la razón por la que te ha indultado, pero tal vez haya encontrado en ti un sentimiento noble, desinteresado... De todas formas no podía ayudarte... El Infierno se rige por sus propias reglas, y me ha sido vetado involucrarme... Espero que lo comprendas y, la próxima vez, procura ser más precavido... Ya sabes a qué te atienes...
- Descuida... No volverá a ocurrir – afirmó tajante el príncipe sin esconder su recelo. Y así se despidieron de la primera estancia, adentrándose en la segunda.

Allí los pecadores corrían alocadamente y sin respiro de un lado para otro, probando inútilmente de evitar el azote del granizo que sin cesar les apedreaba desde el cielo, así como las dolorosas picaduras de las innumerables serpientes, escorpiones, tarántulas y demás alimañas que les torturaban inoculándoles sus venenosos colmillos y aguijones. Ni por un momento tenían tregua, ni por un instante hallaban reposo. Cabe decir que todos llevaban la lengua fuera, y no por el cansancio, sino por unos enormes clavos hincados en ellas que les impedían resguardarlas en la cavidad bucal. Muchos de ellos portaban vestigios de vestiduras talares, togas y emblemas de autoridad, por lo que se adivinaba fácilmente su pasado como pontífices, cardenales, obispos, sacerdotes, abades, monjes, jueces, fiscales, y abogados.

- ¿Y éstos quiénes son? – inquirió el arcángel.
- Sé bienvenido al infierno de la mentira... Estos detestables gusanos y sanguijuelas que aquí lloran y se arrastran son los que creyeron engañar a la justicia disfrazándose de clérigos y prelados, a fin de dar rienda suelta a sus escandalosos vicios y perversiones; fariseos hipócritas y embusteros; falaces teólogos y pedantes catedráticos que, engreídos de su torpe y limitado intelecto, se obstinaron neciamente en esclarecer con sus infundios y patrañas una verdad que nunca les fue revelada, arrogándose por tanto un derecho que sólo a Dios compele; adivinos, videntes, sectarios, profetas y demás carroñeros por el estilo, parásitos de la ignorancia ajena... Aquí reciben el justo pago por sus fraudes y calumnias... Y también residen los que por envidia o despecho injuriaron a su prójimo, levantando falso testimonio para perjudicarle, al igual que los disolutos e inmorales leguleyos que vendieron su alma por dinero, aceptaron sobornos o defendieron a los culp! ables con sus tretas y subterfugios... ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!... ¡Chillad, ratas inmundas!, ¡Bramad, impostores!, ¡Tratad ahora de eludir tan infausto destino merced a vuestras fábulas e invenciones!, ¿De qué os sirvió vuestra farsa?, ¿Dónde están hoy vuestros sofismas?, ¿Dónde vuestras sutilezas? – rió sádicamente Azrael, mofándose de los presentes para mayor pasmo del ya de por sí asombrado Uriel, antes de entrar en la siguiente área.

En dicho escenario, el paraje más árido y desolado que el príncipe había presenciado, deambulaba una muchedumbre famélica compuesta de despojos esqueléticos. Y tanto era así que la mayoría se nutría del barro o de sus propios residuos orgánicos, y los escasos “privilegiados”, que todavía gozaban de restos de leprosa piel sobre sus blancos huesos, se la arrancaban y la ingerían vorazmente, si no eran antes roídos hasta los tuétanos por sus camaradas de infortunio, en actos de salvaje y brutal canibalismo, o por las monstruosas fieras que les salían al paso. Pero para su degracia no morían, sino que sus cuerpos volvían a cubrirse de órganos y carne, y el castigo volvía a empezar.

-Mira bien en qué acaban los excesos y la gula; con el suplicio de Tántalo, condenados perpetuamente a padecer hambre y sed, devorándose los unos a los otros, pero sin sentir el más leve alivio a su tormento. Tal es el laurel que se otorga a los glotones, tal es el fruto del despilfarro y la desmesura – apostilló con desdén el anciano antes de partir hacia el cuarto nivel.

Allí, en una explanada cubierta de tesoros y halajas de incalculable valor, cuyo fin, si es que lo tenía, se perdía más allá de dónde caía el horizonte, los condenados eran hervidos en lagos de plata líquida, otros eran sepultados bajo ingentes cantidades de resplandecientes monedas y gemas, y otros eran obligados a tragar oro fundido por la boca o por el ano.

- Ve aquí – explicó el guía – a aquellos miserables que dedicaron su vida a la avaricia, a amasar riquezas sin importarles el daño que infringían a sus semejantes con sus cuantiosos abusos, latrocinios y usurpaciones... Así se premia su usura, su ambición y su codicia. ¡Ah, insensatos! – dijo apelando a la maldecida grey- De haber compartido vuestra fortuna, quizás no estaríais entre estos blasfemos muros. ¿De qué os vale ya vuestro dinero?, ¿Qué provecho sacaréis de vuestras rentas?, ¿Qué ganancia mitigará la ruina de vuestra alma? Y diciendo esto arribaron al quinto círculo.

De nuevo se mostró ante Uriel una instantánea que conmovió hasta los últimos cimientos de su espíritu. No obstante, su acompañante permanecía en un estado de insensibilidad inaudito. Estaba acostumbrado a transitar por aquellos lares, pero él no. Y pugnó por no vomitar, porque la zona en cuestión era un vasto páramo pantanoso, plagado de espejos hincados en tierra. La insana superficie estaba cubierta de lo que parecían restos de una eternidad de efusiones de moco, flemas e inmundicias. Extensos charcos de apestosa orina estancada y montículos de excrementos salpicaban acá y acullá el paisaje... El hedor era insoportable, putrefacto, repugnante, una combinación de olor a cloaca con cadáveres en descomposición, pero de un dulzor mil veces más nauseabundo.

Y dicha pestilencia emanaba de unos engendros deformes, grotescos, surrealistas, colmados de ampollas, pústulas y bubas que rezumaban un pus amarillento y viscoso, y que se movían con una lentitud exasperante, como si fueran ancianos en la fase postrera de una enfermedad terminal, gimiendo y contorsionándose cada vez que se miraban en los espejos. Algunos de aquellos esperpentos golpeaban encolerizados los cristales, pero estos se mantenían incólumes. Otros, presos de la frustración que este hecho les producía, no dudaban en arrancarse los ojos a fin de no verse reflejados en ellos. Mas de inmediato les surgían dos pares, de modo que muchas de aquellas aberrantes criaturas eran ya un mero revoltijo de carne y globos oculares. Enjambres de moscas les revoloteaban sin sosiego, incubando sus huevos en las abiertas heridas y en las infectas llagas. Lechosas larvas se atiborraban con frenesí carnívoro de sus pútridas epidermis, repletas de pulgas, piojos y liendres. !

- He aquí – irrumpió de nuevo Azrael sin solicitar permiso – en qué concluyen las ansias de gloria y fama... En el pasado éstos fueron seres fatuos, insolentes y narcisistas, que se vanagloriaban del poder y la belleza de la que frívolamente disfrutaban... Aquí se corrige su soberbia, su vanidad, y sus delirios de grandeza, devolviéndoles a su genuina insignificancia, a su auténtica apariencia... Y también son escarmentados aquellos que atentaron contra la naturaleza, contaminando El Jardín que generosamente les fue dado.
- ¡Qué suplicios tan atroces! – declaró Uriel indignado por un repentino arrebato de misericordia.
- Todo había sido decidido de antemano... Fueron los Arquitectos los que diseñaron y construyeron este sitio, promulgando sus irrevocables leyes... Nosotros sólo nos encargamos de hacerlas cumplir...
- En tal caso, debe tratarse de dioses muy crueles.
- No les compadezcas, no lo merecen... Y vamos, que ya hemos perdido demasiado tiempo... Prosigamos nuestro viaje... Y alejándose llegaron a la Gehenna Ignis.

Ésta parecía el averno clásico, tal y como la mayoría de la humanidad lo concibe; mares de lava ardiente y de azufre pestilente, donde los pecadores ardían por toda la eternidad, sin que las ávidas llamas que les abrasaban llegaran nunca a extinguirse. Sus alaridos eran horribles, espantosos... Incluso Uriel se maravilló...

- ¿Por qué te detienes?... ¡Ah!... ¿De nuevo de enterneces? – gruñó asqueado su lazarillo. – No debes hacerlo, no por ellos... Pues éstos no son más que la vil escoria depravada que, dejándose arrastrar por la lascivia, la obscenidad y la lujuria, cometieron nefandos delitos de estupro, pederastia y adulterio... Por eso no merecen ni una brizna de consideración, y no consentiré que te entretengas si no es para escupirles tu desprecio. – Y así fue como ingresaron en la séptima esfera.

Ahora se encontraban en lo que parecía el interior de un lóbrego palacio semejante al panteón de Agripa, pero indefinidamente mayor, con una sala de extraordinarias medidas y una cúpula abierta por la que se asomaban una serie de entes luminosos que pertenecían a otra dimensión. Éstos se dedicaban a burlarse, sin compasión alguna, de los infelices que habitaban la cella. Pero ni siquiera el estruendo de sus risas conseguía eclipsar los alaridos de los de abajo, los cuales eran sometidos a inhumanas máquinas de tortura. Uriel sintió curiosidad, y preguntó a su tutor en qué infierno se hallaban y quiénes eran aquellos seres de las alturas.
-Nos encontramos en el abismo de la herejía – aclaró Azrael-. Aquí puedes ver sufriendo sus propios tormentos a todos los inquisidores y sus secuaces, pero también a aquellos fanáticos y líderes religiosos que, para implantar “su verdad”, derramaron la sangre de sus semejantes. Porque no hay mayor hereje que aquél que incumple la ley fundamental que rige el universo entero; “Nada hay más sagrado que la vida”. En cuanto a aquellos que desde los cielos contemplan su desventura y se mofan de ella, no son sino sus víctimas. Y entonces irrumpieron en el octavo nivel; el Pandemónium.

En aquella devastada ciudad vieron almas por ejércitos clamando que, con sus divisas y estandartes desplegados y conducidas por sus tiránicos caudillos, se lanzaban al ataque en caóticas formaciones de combate, acometiéndose con saña demencial, sin pausa ni cuartel, muriendo y renaciendo una y otra vez, posesos por una inagotable furia homicida. La matanza era de proporciones épicas, y la multitud infinita, incalculable. Entre ella descollaban los señores de la guerra; Emperadores, reyes, faraones, generales, dictadores y césares antiguos, que desfilaban al frente de sus tropas. La sangre les llegaba hasta las rodillas y todos se hallaban empapados de ella, sin que quedase libre ni un solo centímetro de sus cuerpos.

- Mira bien a aquellos cuyo corazón fue pasto de la ira y trasgredieron el mandamiento más importante; No matarás... Pues a cada cual se le otorga una recompensa acorde a sus méritos, - arguyó Azrael sarcástico, - de modo que al que ejecutó a dos personas se le multiplica por dos el dolor de sus heridas, por diez el que asesinó a diez, por cien el que acabó con la vida de cien, por mil quien eliminó a mil, etcétera... Imagínate cuán horrendo debe ser el sufrimiento de los que fueron culpables de la muerte de cientos de miles o de millones... Por eso todos los que militan en esta infame chusma han perdido la razón, si es que en alguna ocasión gozaron de ella...

De repente aquella turba rabiosa cesó de batirse, quedándose mirando fijamente a los visitantes y, acto seguido, sin mediar palabra, como si todos estuviesen poseídos por una ciega y única voluntad de aniquilación, enarbolaron sus espadas y arremetieron contra ellos, rugiendo al unísono como una tormenta estridente. Uriel sintió pánico por primera vez en mucho tiempo. Sabía que no sería capaz de aguantar la embestida de legiones de enemigos inmortales, que sería segado como una espiga de trigo por la afilada hoz del campesino. Lleno de pavor, miró a su cicerone y le preguntó:

- ¿Es que tampoco vas a intervenir ahora?
- Mmm... Están muy alterados... No deberían comportarse así... Infringen claramente el código...
- ¡Dita sea!, ¡Apresúrate!, ¿quieres?, ¡Los tenemos encima! – insistió solícito el arcángel.
- De acuerdo, no hay otra opción; Colócate a mi lado... – Éste obedeció sin rechistar, y depositó su mano sobre el hombro de su supuesto aliado, el cual gritó; - ¡Atrás! – a la par que descargaba su retorcido cayado sobre la cruenta superficie de aquel espacio impío, creando una barrera protectora que les aisló de sus agresores, justo en el momento en que éstos se arrojaron sobre ella, hundiendo febrilmente sus armas sin obtener ningún resultado. Mientras seguían avanzando, Uriel pudo observar con todo lujo de detalles sus rasgos enajenados por la cólera, sus hirvientes espumarajos y sus brillantes ojos rojos, que le maldecían con maniáticas miradas henchidas de odio en estado puro. Reconoció a varios de sus fallecidos adversarios, y reflexionó apesadumbrado que quizás, algún día, él també debería rendir cuenta de sus crímenes y pasaría a engrosar sus filas. Y así anduvieron hasta avistar el pórtico del noveno círculo.

El paisaje era ahora totalmente distinto, y el frío glacial. Hasta donde alcanzaba la vista no se veía más que hielo por doquier, una gélida estepa cuyos únicos relieves eran las escarchadas testas que sobresalían a exiguas pulgadas del suelo con la boca abierta de par en par, en un último aullido de agonía congelada. Soterrados en tales fosas, los condenados hibernaban en una especie de sueño eterno, pero lo más impresionante del lugar era el silencio, absoluto, rotundo, sepulcral.

- Éstos que aquí yacen son los llamados “desertores”, es decir, aquellos que vulneraron la segunda prohibición no escrita; no matarse a sí mismos. Y también reposan, muy a su pesar, los “hedonistas”; débiles mentales, esclavos de las drogas, que quisieron rehuir la realidad de su tiempo refugiándose en el regazo de La Parca… Pues debes saber que a cada individuo se le asigna en la vida un rol que debe desempeñar sin controversias de ningún tipo, y nadie puede abandonar su puesto cuando mejor le convenga. Por eso son tratados como rebeldes, por su traición, y de este modo expían su cobarde deslealtad; reviviendo constantemente el ciclo de su existencia... Una y otra vez los problemas de los que huían, sus decepciones, sus frustraciones, se les vuelven a mostrar... Y cuando creen que la muerte les ha librado de su calvario, todo comienza de nuevo... Y además penan contemplando la tristeza que su decisión de partir precipitadamente ha causado a sus se! res queridos... – añadió Azrael con aire complaciente, en un tono que molestó al arcángel, más aún cuando lo enlazó deleitándose en pisar la faz de uno de aquellos mártires con su sandalia.
- ¿Es que no conoces la clemencia? – exclamó enojado. - ¿No basta a esos desgraciados su castigo que, a parte, deben soportar tus humillantes ultrajes?... Lo que un suicida necesita no es un juicio, sino amor y comprensión.
- ¡Ju!... No eres quien para cuestionar nada de lo que aquí veas u oigas pues, allá arriba, tus métodos no han sido menos despiadados... Y ten por seguro que acabarás entre estos abyectos muros cuando tus horas lleguen a su fin... – sentenció ufano. Concluida esta acalorada discusión, y después de mucho peregrinar, ambos ángeles arribaron frente a un inmenso lago de aguas heladas, no sin antes atravesar un gigantesco bosque de agudas agujas de cristal, en cuyas puntas habían sido ensartadas millares de personas

 Alma de Lobo